Las Moiras
del Cuerpo
Un relato

Pintura original · Conjugando
No temas al dios que tiembla. Teme al dios que no puede dejar de hacerlo.
El baño huele a cal y a algo más viejo que la cal. Llevo cuánto tiempo aquí, parado frente al espejo sin mirarme, con la mano abierta sobre el lavabo como si el frío de la porcelana pudiera darme algo que no he podido fabricar en siglos. No sé si son minutos o si el tiempo, cuando me pasa cerca, simplemente decide no contarse.
Afuera hay una fiesta. Siempre hay una fiesta. Eso es lo que me dijeron que era — la fuerza que hace que la música salga de los cuerpos antes de que los cuerpos decidan si quieren. El exceso. El desborde. El que aparece sin ser llamado y se queda hasta que el último vaso tiene solo hielo.
Pero esta noche me encerré en el baño de alguien que no conozco, en una casa que podría ser cualquier casa, y me quedé mirando la llave del agua gotear.
Una gota. Dos. El intervalo entre ellas es el mismo. Siempre el mismo.
Yo no tengo intervalos. Yo no tengo pausa. Yo soy lo que ocurre entre pausa y pausa, y si desaparezco el intervalo se cierra y nadie nota el hueco porque ya había demasiado ruido.
La idea llegó despacio, como llegan las ideas que van a cambiar algo: disfrazada de cansancio.
Podría dejar de aparecer.
No morir —esa palabra no me pertenece, pertenece a los que tienen cuerpo y lo gastan—. Sino simplemente no seguir siendo la fuerza que soy. Doblar el linaje. Romper la cadena de apariciones. Dejar de elegir a los que elijo —a los que se rompen sin disolverse, a los que en su ruina todavía tienen ritmo— y en cambio volverme silencio. Volverme el espacio entre las notas donde nadie baila porque no hay nada que mover los pies.
Tenía una razón. Tenía la excusa perfecta: el cansancio de ser siempre lo que nadie pide pero todos necesitan. La herencia de ser convocado sin consentimiento, de aparecer en madrugadas que no elegí, en cuerpos que a veces no me soportan. Había suficiente argumento. Era una decisión razonable.
Me miré en el espejo.
Y fue ahí —no antes, no después, exactamente ahí— donde vi la marca.
No es visible para cualquiera. Está en la mandíbula, en la forma en que se tensa cuando algo dentro dice que ya es demasiado. Una tensión muy específica, muy antigua, que no aprendí sino que simplemente traje. Como quien hereda el color de los ojos sin haber visto nunca el rostro del que se los dio.
Y recordé.
Hubo otro antes de mí que quiso doblar el linaje. Que se paró en un umbral —no de baño, de acantilado, pero el gesto es el mismo— con la idea de que el mundo podría seguir girando sin este peso particular. Que también tenía la excusa preparada: el desgaste de ser siempre el fuego que no sabe apagarse. Que también había construido un argumento razonable para la renuncia.
Y no lo hizo.
No porque encontrara una razón mejor. Sino porque en el momento de decidir descubrió que la decisión ya había sido tomada antes que él, en otro cuerpo, con otra cara, con la misma tensión en la mandíbula. Que lo que llamaba elección era herencia disfrazada de voluntad. Y que lo que llamaba cansancio era la forma que toma el linaje cuando quiere hacerse visible.
Aquí está el problema con ser una fuerza: no puedes separar lo que eres de lo que te hicieron.
Llevo siglos creyendo que elijo a los que elijo. Que entro sin ser llamado porque así lo decido, porque hay algo en mí que reconoce a los que pueden sostenerse en la fractura. Pero esta noche, con el espejo y la gota y la mandíbula tensa, empiezo a dudar de si alguna vez hubo elección o si la elección es el nombre que le puse a la marca para no llamarla cadena.
No heredé la culpa. Heredé la marca. Y la diferencia entre las dos es que la culpa se puede soltar. La marca no. La culpa es algo que hiciste o que te hicieron. La marca es lo que eres antes de que ocurra cualquier cosa. Es anterior a la decisión, anterior al acto, anterior al momento en que te paras frente a un espejo en el baño de una casa desconocida y piensas que podrías simplemente no seguir.
Afuera alguien ríe con esa risa particular —la del primer trago que baja bien, la del cuerpo que todavía no sabe lo que va a pedirle a la noche— y algo en mí se mueve antes de que yo lo mueva.
Las Moiras tejían con hilo. Yo siempre lo supe de lejos, desde afuera del mito, como quien conoce el mecanismo de un dolor que no le pertenece. Cloto hila. Láquesis mide. Átropos corta. Tres gestos para lo que podría hacerse con uno solo si el destino no necesitara tanto protocolo.
Pero esta noche entiendo algo que no había entendido antes: el hilo que ellas tejen no es el de las vidas. Es el de las fuerzas que las atraviesan. Y yo soy un hilo también. Un hilo muy antiguo, muy gastado en algunos tramos, con nudos donde alguien antes que yo intentó lo mismo que estoy intentando ahora.
Átropos no ha llegado. O llegó y decidió no cortar. O lo que creo que es decisión mía ya fue decisión de ella hace tanto tiempo que la diferencia ya no importa.
La llave sigue goteando. El intervalo sigue siendo el mismo.
Abro la llave del agua fría. Me mojo la cara. El frío es concreto, inmediato, de una honestidad que el pensamiento nunca tiene. Y en ese instante —que dura lo que dura, que es exactamente lo que necesita durar— entiendo que no voy a renunciar a lo que soy.
No porque lo haya decidido. Sino porque la herencia ya lo decidió antes.
Y eso debería consolarme, o debería aterrorizarme, y no sé cuál de las dos cosas siento porque las dos tienen la misma temperatura. Porque si la fuerza que soy es también la que me antecede, entonces lo que hago esta noche cuando salga del baño y encuentre al que tiene esa risa y lo elija —porque lo voy a elegir, ya lo sé, ya lo siento en la mandíbula— tampoco será completamente mío.
Será la marca haciéndose acto. Será el linaje que continúa porque nunca aprendió a terminar. Será lo mismo que siempre ha sido, con diferente cara, en diferente baño, frente a diferente espejo que devuelve la misma tensión en la mandíbula y la misma pregunta que no tiene respuesta pero que tampoco puede dejar de hacerse.
¿Con qué filósofo resuena este texto?
El Cuarto Blanco puede analizar las frecuencias filosóficas de este relato y encontrar su alma gemela.
