RELATO DEL LIBRO
Decisiones, Decisiones - Pintura

"Vidas paralelas reflejadas en el cristal del tiempo"

Relato 05

Decisiones, Decisiones

"¿Te atreverías? ¿A cargar con el deseo, el poder, y el precio que viene con ellos?"

Sara se detuvo frente al cristal empañado. Al otro lado, la ciudad brillaba en luces parpadeantes, un horizonte que prometía infinitas posibilidades. Siempre había sido su refugio, el lugar donde mirar significaba escapar sin moverse.

Pero esa noche, las luces de la ciudad se desvanecieron. En su lugar, apareció una imagen nítida: una mujer rubia, con un vestido de época, de pie junto a una ventana similar a la suya. Era otra Sara, pero no una que ella reconociera del todo.

La rubia miraba hacia el horizonte, sus labios curvados en una sonrisa apenas perceptible, como si supiera algo que nadie más sabía. Su vestido, ceñido al cuerpo, sugería más de lo que ocultaba, dejando al descubierto un cuello delicado y una clavícula que parecía esculpida para seducir. Su postura era impecable, pero había algo deliberado en el ángulo de su cadera, en la forma en que sus dedos jugaban con la copa de vino que sostenía.

Sara se sintió incómoda. "No puede ser yo", pensó, pero el calor que subía por su cuello decía otra cosa.

El Espejo del Deseo

La otra Sara era magnética. Todo en ella parecía calculado para atraer: la forma en que sus ojos oscuros, rodeados de largas pestañas, miraban al horizonte con una mezcla de anhelo y desafío; cómo su cabello rubio, recogido en un peinado elegante, dejaba escapar mechones que acariciaban su cuello como amantes furtivos.

En el siglo XVIII, esa Sara había aprendido a usar su cuerpo como un arma y como un lenguaje. Su belleza no era simplemente un don; era un instrumento de poder. Había noches en las que su risa, baja y melódica, había desarmado a hombres que se creían invulnerables. Y había otras noches en las que su mirada, cargada de una promesa no dicha, había logrado lo que las palabras no podían.

Sara del presente, aún frente a la ventana, tragó saliva. "¿Cuántas veces he evitado mirar realmente a alguien así?", se preguntó. "¿Cuántas veces me he dicho que no importa, que no lo necesito?"

La otra Sara no se hacía esas preguntas. Dejó su hogar siendo apenas una adolescente, arrojada al mundo sin red, y aprendió que el deseo podía abrir puertas tanto como cerrarlas. Había vendido sonrisas y promesas con precisión quirúrgica, jugando con los límites de su poder. En los salones de París, se convertía en el centro de atención sin siquiera proponérselo, con cada movimiento sutil de su cuerpo atrapando miradas, despertando anhelos que nunca serían satisfechos del todo.

De día, era la esposa perfecta, impecable en su compostura, su risa controlada, su ingenio punzante. Pero de noche, en los barrios bajos que conocía como la palma de su mano, volvía a ser la Sara que no pedía permiso para tomar lo que quería. En esas noches, el roce de su falda contra su piel era tan real como el peligro que corría, y ese riesgo era adictivo.

Para la Sara del presente, que había pasado su vida moderando deseos, escondiendo pasiones bajo capas de autocontrol, mirar a esta versión de sí misma era como abrir una puerta que siempre había evitado. La otra Sara no solo había cruzado líneas que ella nunca se atrevió a cruzar; había aprendido a vivir en ellas, a saborearlas.

La rubia, en su ventana, giró la cabeza lentamente. Sus ojos se encontraron a través del tiempo, y Sara sintió que su piel se erizaba. La mirada de la otra Sara era directa, desvergonzada, como si pudiera ver todo lo que la Sara del presente había reprimido.

"¿Te atreverías?", parecía preguntar. "¿A cargar con el deseo, el poder, y el precio que viene con ellos?"

La visión desapareció, dejando a Sara frente a las luces parpadeantes de la ciudad. Tocó el cristal, queriendo alcanzar a esa otra versión suya, una mujer que conocía los peligros del deseo pero no le temía.

Por primera vez, entendió que había partes de sí misma que nunca había dejado salir, que tal vez nunca dejaría salir. Pero ahora sabía que estaban ahí, esperando. Y que mirar nunca sería suficiente.

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