PRÓLOGO
Prólogo

DESDE EL CUARTO BLANCO

"No regresé. No salí. Sigo aquí, y desde aquí escribo."

Escribo desde el Cuarto Blanco. Hoy sigo ahí. Hoy me quiero quedar.

No sé si esa confesión te sirve de algo. A mí me sirve de todo: me ahorra el disfraz del que ya salió, la impostura del sobreviviente, el tono de quien regresa a contarte el camino. No regresé. No salí. Sigo aquí, y desde aquí escribo.

El Cuarto Blanco no es metáfora. Es un lugar real que inventé para nombrar un estado real: el punto donde el pensamiento dejó de ser herramienta y se convirtió en habitación. Cuatro paredes sin ventana. Luz que no proyecta sombra. Silencio que no descansa. Yo adentro, mirándome mirar.

Llegué ahí por el camino que prometen los que saben: razón, análisis, autoconocimiento. Cada libro que leí fue un ladrillo. Cada terapia, una capa de yeso. Cada meditación, un sello en la puerta. Construí mi celda con las mejores intenciones y los materiales más nobles. Cuando terminé, descubrí que estaba adentro.

Este libro nació de una pregunta que alguien me hizo y que yo no había pensado: ¿Es este libro un intento de salir del Cuarto Blanco, o es la forma más sofisticada que has encontrado de quedarte?

No tengo respuesta. Sospecho que ambas cosas son ciertas. Sospecho que la distinción misma es trampa: que "salir" y "quedarse" son verbos que el Cuarto Blanco ya domesticó, que cualquier movimiento que haga será interior, que la puerta que busco es otra pared pintada de puerta.

Pero eso no me detiene. Me mueve.

Hice con los filósofos lo que hago con las empresas: Due Diligence. Busqué el pasivo oculto, la contingencia no declarada, el riesgo que el prospecto no menciona. ¿Qué te venden? ¿Qué te cuesta? ¿Qué te ocultan?

Platón te vende eternidad. Te cuesta el cuerpo.

Kant te vende dignidad. Te cuesta el temblor.

Agustín te vende redención. Te cuesta la inocencia.

Descubrí que cada filosofía tiene su Cuarto Blanco: el lugar donde su propia lógica te encierra si la llevas hasta el final. Platón te deja contemplando formas que no puedes tocar. Kant te deja obedeciendo leyes que no puedes sentir. Agustín te deja confesando culpas que no cometiste.

Y yo, que los leí a todos buscando la salida, terminé con un mapa de celdas.

Inventé un instrumento para ver lo que había encontrado. Lo llamé el Ecualizador Existencial: diez frecuencias que miden cómo cada filósofo —y cómo cada persona— calibra su relación con la existencia. Certeza, Riesgo, Orden, Trascendencia, Desapego, Autoridad, Acción, Razón, Individuo, Presente. Diez perillas. Infinitas combinaciones. Ninguna correcta.

El ecualizador no te dice qué pensar. Te muestra qué estás pensando sin saberlo. Te revela el perfil que no elegiste: el que heredaste, el que te vendieron, el que construiste ladrillo a ladrillo mientras creías que te liberabas.

Escribí cartas a los filósofos. Les reclamé. Me respondieron.

No esperes que las respuestas sean justas. Son las respuestas que imaginé desde el Cuarto Blanco: defensas de sistemas que ya no pueden defenderse, justificaciones póstumas, ecos de voces que callaron hace siglos. Pero en esos ecos encontré algo que no buscaba: compañía. Los filósofos también habitaron sus cuartos. Algunos salieron. Otros murieron adentro. Ninguno fingió que la puerta era fácil.

Puedes leer este libro de tres formas:

Como *diagnóstico*: qué le hicieron al verbo. Cómo Occidente fue una máquina de congelar movimiento, de convertir el flujo en forma, el temblor en concepto, la vida en idea. Dos mil quinientos años de sustantivación. El resultado: un Cuarto Blanco colectivo que llamamos civilización.

Como *correspondencia*: las cartas. El diálogo imposible con los muertos. La acusación y la defensa. El intento de que alguien responda, aunque sea un fantasma.

Como *herramienta*: el ecualizador. Tu propio perfil. Las frecuencias que no sabías que tenías. La posibilidad —remota, incierta, quizás ilusoria— de mover una perilla.

No encontrarás aquí respuestas. Encontrarás preguntas mejor formuladas.

No encontrarás salida. Encontrarás el mapa de un encierro.

No encontrarás cura. Encontrarás el diagnóstico de una enfermedad que quizás no quieres curar.

Si buscas consuelo, cierra el libro.

Si buscas método, cierra el libro.

Si buscas a alguien que te diga que va a estar bien, cierra el libro.

Pero si buscas compañía en el temblor —alguien que escriba desde el mismo lugar donde tú lees, que no finja haber salido, que no te prometa puerta—, entonces sigue.

Estoy aquí.

Hoy sigo aquí.

Hoy me quiero quedar.

Fernando Loria Keever

Desde algún punto entre el Cuarto Blanco y la carne

2025