EL ORIGEN

Mi Infierno Blanco

El relato fundacional del Cuarto Blanco

Cuando desperté, todo era blanco. Lo primero que noté fue el malestar físico: una cruda espantosa, como si un peso invisible me aplastara el pecho.

Escultura de yeso blanco: figura humana con manos cubriendo el rostro

Mi boca estaba seca, mi piel húmeda y fría, y mi cabeza latía al ritmo de un tambor desafinado. Había un pitido constante en mis oídos y un sabor metálico en mi lengua. A mi derecha, un suero colgaba de un gancho de metal, goteando lentamente hacia mi brazo; a mi izquierda, una cama vacía. El cuarto era blanco: las paredes, el techo, las sábanas… tan blanco que dolía mirarlo. Solo una tenue luz entraba por una ventana pegada al techo, y las paredes lisas amplificaban mi sensación de encierro.

Sabía perfectamente dónde estaba; no era la primera vez. Recordé cómo había llegado ahí, después de un blackout de varios días. Recuerdo a mi cuñado y a mi amigo, el Piste, en mi departamento, convenciéndome de que necesitaba ayuda. Me encontraba en un estado que no recuerdo, pero que me describieron días después como deplorable y sucio.

Mi memoria era como un rompecabezas de mil piezas, del que había recuperado dos o tres… y otras que pertenecían a otro rompecabezas. Me recuerdo bañándome, el recorrido en auto para llevarme al lugar, un día soleado, una oficina donde firmé algunos documentos… y los escondites de mis botellas. Era un torbellino de imágenes borrosas, pero por primera vez en mucho tiempo estaba consciente. O eso pensaba.

Los primeros minutos fueron un caos de sensaciones. Mi cuerpo, tembloroso y débil; mis manos, buscando algo —cualquier cosa— que pudiera saciar esa terrible ansiedad que parecía devorarme desde adentro. Era como si mi sistema nervioso estuviera al rojo vivo, cada fibra de mi ser gritando por el alcohol que ya no estaba ahí para apagar ese destello de conciencia.

Les pedí a las enfermeras que me dieran algo, lo que fuera. Necesitaba apagar esa ansiedad, pero aún más, esa conciencia. Porque la conciencia no vino sola. Llegó acompañada. Y traía de la mano a mi ego, ese viejo cabrón que susurraba:

—Tú no mereces estar aquí. Vámonos.

Me levanté de la cama como pude, arrastrando a mi compañero de cuarto: el suero. Apenas podía caminar, pero eso no importaba. Salí tambaleándome y llegué a la estación de enfermeras. Con toda la educación del mundo, como si no estuviera en el estado en el que estaba, les pedí que llamaran al doctor. Les expliqué que ya estaba bien y que tenía cosas importantes que atender.

Ellas me miraron, impasibles. Una sonrió con paciencia y me indicó dónde estaba el baño.

—Regrese a su habitación —me dijo—. Le avisaremos al doctor.

NOTA DE ENFERMERÍA — DÍA 1, 14:30 hrs

Paciente presenta agitación psicomotriz. Solicita alta voluntaria. Se le explica procedimiento. Regresa a habitación sin incidentes.

— Enfermera Rodríguez, Expediente 4122

Fueron esas tres palabras las que definieron mis días en el cuarto blanco. Era como si el alcohol, ese manto, esa anestesia que había cubierto mi mente durante años, finalmente se hubiera retirado. Todo lo que había evitado sentir empezaba a aparecer: miedo y sufrimiento en estado puro.

Ahí estaba, desnudo, frente a mí. No había nada que me distrajera, ni siquiera la noción del tiempo. Solo el ruido amortiguado del mundo exterior me daba pistas de que los días y las noches seguían existiendo.

Por primera vez en años vi pequeños destellos —que se le habían escapado a mi ego— del daño que había causado. Pensé en mis hijos, en la vergüenza que sentían por el padre que tenían (mi ego otra vez) y en cómo había sido más un peso que un apoyo para ellos. Pensé en mi pareja y en la gente que me había soportado y, finalmente, abandonado. Pensé en mis socios, que seguían confiando en mí cuando yo ya había dejado de confiar en mí mismo. La culpa no era solo una emoción; era una fuerza física que se sentía como un puño apretándome el estómago.

EVALUACIÓN PSICOLÓGICA — DÍA 3

Paciente verbaliza culpa excesiva relacionada con roles familiares y laborales. Presenta síntomas de abstinencia: temblor en extremidades, sudoración, ansiedad generalizada. Conciencia de enfermedad: parcial.

— Dr. Méndez, Expediente 4122

El cuarto blanco se convirtió en mi prisión y, al mismo tiempo, en mi confesionario. No había escapatoria de mis pensamientos, de mis emociones, de mi cuerpo que me traicionaba con cada espasmo. Era un infierno, pero uno necesario. Un lugar donde cada minuto era una batalla por recuperar algo que ni siquiera sabía si quería recuperar: a mí mismo.

NOTA DE CIERRE — DÍA 15

Paciente completa programa de desintoxicación. Evolución favorable. Se recomienda seguimiento ambulatorio y terapia de continuidad. Alta médica aprobada.

— Dr. Méndez, Expediente 4122

Sobre este libro

Las historias no solo se cuentan con palabras. También existen en lo que no se dice, en lo que se ve y en lo que se intuye. Este libro es una exploración de identidades, de preguntas sin respuestas definitivas, y de la lucha por dar sentido a lo que somos. Cada cuento es un espejo, un umbral, un hilo que conecta fragmentos de lo que podría haber sido. Pero las palabras, por sí solas, no son suficientes.

Cada relato en este libro tiene su contraparte visual: una pintura que no ilustra, sino que dialoga. Estas imágenes no son traducciones directas de los textos; no buscan explicar, sino expandir. Son una forma de narrar lo que las palabras no alcanzan, de trazar caminos donde el lenguaje tropieza.

15 días en la clínica, 20 historias y 20 imágenes. Este libro no solo es un relato de pensamientos que vieron su nacimiento aquella noche y que han habitado mi mente desde entonces, sino también una exploración visual de aquello que las palabras no pueden contener por sí solas. Cada historia tiene su reflejo en una imagen, una pintura.

Este relato es el origen de Conjugando. Todo lo que leerás en este libro nació en ese cuarto blanco.