Ensayos

"La culpa no es solo una emoción. Es una fuerza física. Un puño apretándome el estómago."

— Expediente 4122, Clínica Santa Teresa

Ensayo · 2024

Roma (Segunda Temporada)

La conquista interior

En el año 325, Constantino comprendió lo que ningún César antes había vislumbrado: que el verdadero territorio no se hallaba en los limes del Rin ni en las arenas ardientes del desierto, sino en el interior de la mente. Roma, fatigada de expandirse con la espada, abrió entonces una nueva campaña: la más audaz de todas, la conquista interior.

El Concilio de Nicea fue, en realidad, la fundación de una segunda Roma. Ya no legiones, sino obispos; ya no lanzas, sino dogmas. La fe —antes refugio de perseguidos— se transformó en el cemento del poder. Donde las leyes no alcanzaban, se levantaron credos; donde la razón flaqueaba, se invocó el misterio. Lo que no podía justificarse con lógica, se sostuvo con fe.

No es casualidad que el primer documento de esa nueva Roma fuera el Credo. Redactado con precisión quirúrgica, no se propuso explicar ni razonar: se limitó a dictar lo que debía proclamarse. No era un tratado de ética ni de leyes, sino una profesión obligatoria de fe. El creyente no debía pensar: debía repetir. El "creo" se convirtió en fórmula, en contraseña, en marca de pertenencia. Y el "no sé" —esa chispa peligrosa, socrática— quedó desterrado como herejía.

El resultado fue una metamorfosis extraordinaria: la fe convertida en constitución, la teología erigida en sistema jurídico, el dogma elevado a frontera política. Roma, que parecía morir, sobrevivió bajo una forma más sutil y más duradera. Con el Concilio de Trento, siglos después, la operación se perfeccionó con precisión de cirujano: la Iglesia ya no se limitaba a custodiar lo sagrado, asumió el mando de las conciencias. Su tarea no era gobernar cuerpos, sino domesticar pensamientos.

De este sistema nació un imperio más vasto que el de los Césares: uno que no necesitaba legiones, porque gobernaba desde dentro. Roma no cayó, se transfiguró. Cambió la toga por la sotana, el Senado por el Concilio, César por el Papa. La verdadera conquista no fue de tierras, sino de almas.

Francisco de Asís: La estética del ascetismo

Es en este territorio conquistado donde surge la figura de Francisco de Asís. Su Cántico de las Criaturas parece, a primera vista, una celebración luminosa de la vida y de la fraternidad universal. Pero visto con atención, revela otra cara: no es un himno vital, sino una estética del ascetismo, un canto que embellece la renuncia. Francisco no pide salud, pide paciencia; no busca doblegar al dolor, lo abraza y lo convierte en plegaria. Allí donde el instinto vital debería rebelarse, él canta. La debilidad se transfigura en triunfo espiritual, la humillación en grandeza. Incluso la muerte es aceptada no como afirmación del aquí y ahora, sino como obediencia dócil a una voluntad ajena. Su fraternidad universal tampoco nace de la potencia creadora, sino de la disolución del individuo en un orden divino preestablecido. Así, Europa aprendió a admirar un canto que en realidad educaba en obediencia: transformar la vida en tránsito, el sufrimiento en virtud, la pobreza en riqueza espiritual.

Ramón Llull: La espada catequizada

En paralelo, Ramón Llull encarna otra máscara de ese mismo ascetismo, esta vez vestida de hierro. Su Libro de la Orden de Caballería dibuja al caballero como noble y justo, en apariencia moral de señores. Pero es un espejismo: la fuerza está catequizada, la espada convertida en cruz. Sus gestas no buscan gloria personal, sino victoria dogmática. La justicia no crea, solo defiende credos. El guerrero culmina no en autoafirmación, sino en retiro ascético: acción disuelta en contemplación. Su tratado, propaganda de cruzadas y defensa de la fe, revela lo mismo: una moral que no crea, que reacciona, que disfraza la sumisión con brillo de nobleza.

La grieta de la razón

Durante siglos, este orden parecía indestructible. Y sin embargo, bajo las cadenas, algo nunca desapareció: la chispa de la razón, la lógica como instinto humano, la necesidad de preguntar. Forzada a servir a la teología, la razón resistió en silencio, hasta que terminó por abrir grietas. De esas grietas nació la ciencia.

La ciencia no ofreció consuelo, ofreció explicación. No prometió redención, ofreció conocimiento. No necesitó misterios, los disolvió. Donde antes había castigo divino, apareció un rayo eléctrico; donde antes había penitencia, un microbio. Lo insoportable para muchos fue esa claridad que despojaba al misterio de su poder. El andamiaje de la fe comenzó a temblar. Su fuerza emocional persistió, pero su monopolio sobre la verdad se resquebrajó. Cada descubrimiento fue una herejía silenciosa: bastaba con demostrar, calcular, ver.

Y sin embargo, arrancadas las muletas de la fe, el hombre descubrió que la razón no basta para caminar erguido. La razón ilumina, pero no consuela; abre horizontes infinitos, pero también vacíos infinitos. Nos revela como polvo de estrellas, como fórmulas y neuronas, pero no construye templos. La fe nos dio una cárcel habitada; la ciencia abre la puerta y muestra un desierto.

El vértigo de no creer

En medio de ese vértigo persiste un eco: "tienes que creer en algo". Como si vivir sin altar fuera imposible, como si no creer fuese un crimen contra la vida misma. Pero ese axioma se quiebra al enfrentarse a la pregunta radical: ¿es necesario creer? La respuesta más honesta no es un sí ni un no, sino un temblor: no lo sé.

No creer no significa negar, significa resistirse a inventar ídolos para dormir tranquilos. Significa habitar la intemperie de la duda, aunque tiemble la carne y se derrumbe la certidumbre. Significa aceptar que el vacío no tiene por qué llenarse, que el silencio no necesita traducción.

La grandeza humana quizá no resida en creer, sino en soportar el peso de no creer. En mirar la nada de frente y, aun así, decir sí a la vida. Porque pocas cosas son tan condenables en nuestra sociedad como atreverse a pronunciar: "no sé". El "creo" suaviza, disimula, parece excusar; pero no exime de responsabilidad. El "no sé" en cambio desnuda, y en algunos abre la grieta de la búsqueda.

Y aquí se revela la ironía más profunda: el primer documento de la Iglesia fue el Credo —una fórmula de certezas repetidas—, cuando nada hay más alejado de la palabra de Jesús, que no fue consigna sino horizonte, no fue catecismo sino vida, no fue dogma sino pregunta.

No sé: y en ese vacío se abre todo.