La mesa estaba puesta como siempre.
Dos tazas.
Un café que no se enfría.
Una luz suave, obstinada, que no parecía venir de ningún sitio.
Sara sostenía la taza con ambas manos, como si el calor pudiera escaparse en cualquier momento.
No bebía. Miraba el fondo oscuro, inmóvil, esperando —sin saberlo— que algo apareciera ahí dentro.
—Es curioso —dijo al fin—. Pensé que después de todo… habría silencio.
Miguel sonrió sin mover la cabeza.
—Lo hay. Solo que no es ausencia. Es espacio.
Sara bufó, con esa ironía cansada que no era risa ni defensa, sino desgaste.
—Nunca me gustó la Navidad —añadió, casi para sí—. Siempre fue una fecha que exigía algo que yo no tenía.
Miguel no respondió.
—Hubo una —continuó— en la que todo se rompió sin ruido. La mesa llena. Las luces encendidas. La gente esperando alegría… y yo contando mentalmente cuánto faltaba para que terminara el día. Desde entonces, cada diciembre sentí lo mismo: la obligación de estar bien.
Hizo una pausa breve. Precisa.
—Y como las emociones no obedecen órdenes —dijo—, la presión era doble. No solo no sentía lo que se suponía que debía sentir. También cargaba con la idea de que algo estaba mal conmigo por eso.
El silencio volvió a acomodarse.
—Espacio para qué —retomó—. Para arrepentirse otra vez. Para ensayar el pasado con palabras mejores.
Miguel pasó el dedo por el borde de la taza, como si leyera algo que no estaba escrito.
—¿Sabes qué es lo único que no cambia cuando una historia se cuenta muchas veces?
Sara alzó la mirada.
—El final.
—No —corrigió—. El lugar desde donde se cuenta.
Algo se movió. No mucho. Lo suficiente.
—Siempre dices lo mismo —murmuró ella—. Que no soy lo que pasó. Que no soy lo que hice. Pero todo lo que recuerdo… está hecho de eso.
Miguel asintió despacio.
—Claro. Los hechos no desaparecen. No se borran. No se corrigen.
Hizo otra pausa.
—Pero tampoco hablan solos.
Sara dejó la taza sobre la mesa. El sonido fue mínimo, pero marcó algo.
—¿Y si la historia que conté fue la única posible? —preguntó—. ¿Y si no había otra forma de unir los puntos?
Miguel inclinó la cabeza, como si escuchara algo más que su voz.
—Hubo una forma —dijo—. La que usaste.
Luego añadió, sin énfasis:
—Pero no fue la única.
La luz pareció expandirse apenas. Como una respiración contenida que por fin se suelta.
Sara cerró los ojos.
Vio escenas conocidas: decisiones tomadas por cansancio, silencios elegidos por miedo, caminos no recorridos porque parecía tarde.
Todo seguía ahí. Intacto. Sin castigo. Sin consuelo.
—Si la reescribo —dijo al fin—, ¿qué cambia?
Miguel tardó en responder.
—No cambia lo que ocurrió.
—Entonces no sirve —interrumpió ella.
—Sí sirve —continuó él—. Cambia quién carga con eso.
Sara abrió los ojos. La frase no alivió. Tampoco hirió. Solo se acomodó distinto.
—Siempre pensé que reescribir era mentir —dijo—. Ponerle belleza a lo que dolió.
Miguel negó.
—Reescribir no es embellecer. Es mover el peso.
La miró, aunque no podía verla.
—Hay historias contadas desde la herida. Y hay historias que, sin cambiar una sola línea de hechos, se cuentan desde la cicatriz.
El silencio volvió. No incómodo. Disponible.
Sara apoyó los codos en la mesa.
—¿Y si me equivoco otra vez?
Miguel sonrió. Esta vez, sin ironía.
—Entonces habrás hecho lo único que sigue siendo posible: elegir desde aquí.
Nada se transformó de manera espectacular. La mesa siguió ahí. La luz no cambió. No hubo redención ni señales.
Pero algo quedó claro.
La historia no estaba mal escrita.
Solo había sido contada desde un lugar que ya no existía.
Y esta vez, por primera vez, no había prisa por cerrarla.
"Volver. No sé a dónde. Pero volver."
— Expediente 4122, Clínica Santa Teresa
El Hilo Que No Se Ve
Un regalo de Navidad de Fernando Loria

¿Quieres reescribir esta historia?
No para cambiar lo que pasó. Sino para decidir desde dónde seguir contándola.
Si algún día vuelves, el texto seguirá esperando.
Este cuento es parte de Conjugando, un proyecto sobre cómo las historias que contamos definen quiénes somos.