Ensayos

"El otro. El que hace cosas cuando yo no estoy. Pensé que se había ido."

— Expediente 4122, Clínica Santa Teresa

Ensayo · 2024

El Evangelio de Dionisio

Capítulo II de Trilogía del Verbo

Fragmento I – La fisura del silencio

Fue ahí, no se donde, pero ya no era el Cuarto Blanco, donde sin darme cuenta algo se despertó. No fue una epifanía. Fue una punzada, una incomodidad que no supe nombrar. Durante semanas había habitado el silencio, viendo videos de youtube que podían responder algo, yendo a juntas de AA, comprando libros que me darian la respuesta, yendo a terapias de continuidad, sintiéndome ese nuevo hombre que podía sentir, que solo tenia dos emociones: miedo y culpa, que no entendia como la gente de mi alrededor usaba tantos adjetivos, articulaba tan bien sus emociones, las podía verbalizar, donde yo siendo honesto solo sentía bien, mal y peor, pero estaba buscando, había logrado lo que nunca en mi vida empezar a sentir.

Una mañana esperando el elevador. La duda no entró como una idea, sino como un escalofrío. Me pregunté si aquello que llamaba 'paz' no era simplemente anestesia. Si mi calma o mas bien mi miedo. No entendia nada, en el grupo me hablaban de fe, no sabia si eso se sentía o se conocía. Yo no la sentía entonces la investigaba y la leia, no la sentía, la fe es una emoción. Me hablaban de espiritualida, WTF is that? Tampoco la sentía, con esta era peor, tampoco la entendia, seria una pregunta muy pendeja que no me atrevia a hacer.

Era un recién nacido emocional, solo tenia 2 emociones. Y Activo la del miedo veía que mi razón empezaba a avanzar empezaba a recuperar el espacio ganado por mis emociones……No, no exactamente. Las dos emociones seguían me di cuenta que no tengo que bajarle el volumen a las emociones para dejar que la rzon entre. Pueden coexistir las 2 cada una con su volumen.

Gran descubrimiento mi querido Kant. Mi conciencia era un equalizador de muchas bandas una de ellas la razón

El verbo se asomó despacio, como un animal herido. No rugía: temblaba. Tenía miedo de volver a decir. Traía encima la memoria del castigo, la vergüenza de haber sentido demasiado, el arrepentimiento de haberse atrevido a existir.

Ahí empezó todo. El largo regreso del verbo a la carne. El lento despertar de la pregunta que había dormido debajo del dogma. Meses después lo entendería: no fue Dios quien me habló, fue la duda. Y la duda era Dionisio disfrazado de silencio.

Fragmento II – La verdad domesticada

Después vino la pregunta. Y con ella, el veneno.

No me pregunté por Dios —eso ya lo había agotado— sino por la verdad. Por qué seguimos llamando "verdad" a lo que solo repite lo que queremos oír. Por qué el verbo, que una vez fue creación, terminó reducido a comentario.

Los filósofos que me educaron hablaban de libertad, pero ninguno me enseñó a soportarla. Kant me dio reglas, Platón me dio alturas, Agustín me dio culpa. Todos querían salvarme del error. Y ahora veo que el error era lo único vivo que quedaba en mí.

El pensamiento moderno heredó su miedo con nuevos nombres. Ya no se llama 'pecado', se llama 'tendencia'. Ya no se llama 'culpa', se llama 'algoritmo de comportamiento'. El sistema ya no necesita castigar: te recompensa hasta que te domestica. Te da likes en lugar de redención.

Nos creímos más libres porque podíamos decirlo todo, pero nadie escucha cuando todos hablan. La palabra perdió su peso, como un cuerpo sin gravedad. Y mientras más se repite, menos vibra.

Dionisio me lo dijo —o quizá lo recordé: "No temen equivocarse. Temen no gustar."

La verdad, ahora, es un consenso visual. No se argumenta: se diseña. Los templos ya no tienen vitrales, tienen pantallas. Y los nuevos filósofos predican desde interfaces luminosas, donde el verbo se mide en métricas y la emoción se programa en prompts.

Y yo los veo —los veo a todos— repitiendo frases que no entienden, pero que les hacen parecer profundos. Frases que antes eran fuego y ahora son hashtag. Nietzsche reducido a stories, Spinoza en tazas de café, Dostoyevski en wallpapers motivacionales.

El verbo se ha vuelto contenido, y el sujeto, consumidor de sí mismo.

Fragmento III – Manifiesto del temblor

Nietzsche tenía razón, pero no destino. Su superhombre murió en Instagram. El que debía danzar sobre el abismo terminó vendiendo cursos de cómo evitarlo. Lo dionisíaco se volvió tendencia de fin de semana, y el nihilismo, una estética rentable.

Occidente siempre ha sabido domesticar a sus profetas: a los que gritan los convierte en coaches, a los que dudan en influencers, a los que arden en contenido motivacional.

La tragedia griega se transformó en reality show. El oráculo, en feed. El vino en branding. El verbo, en copy.

Y sin embargo, en los márgenes, algo sigue respirando. Una pulsación que no busca aprobación, que no necesita ser vista para existir. Ahí es donde Dionisio ha vuelto: no en los templos, sino en los cuerpos rotos. No en los libros, sino en los temblores.

Yo lo vi. No en una visión mística, sino en una madrugada sucia, cuando el alcohol ya no calmaba, y la mente era un animal herido buscando sentido entre los restos de sí misma. Ahí lo sentí: Dionisio no vino a consolarme. Vino a recordarme que incluso el dolor tiene ritmo.

"...No te avergüences de tu ruina," me dijo. "La ruina es la única forma en que el alma recuerda que fue templo."

Fragmento IV – La industria del alma

No sé si fue en esa época o desde antes, pero empecé a notar algo en esa búsqueda desesperada: la gente quería sanar sin sangrar. Hablar del alma sin ensuciarse las manos. Creer sin comprometerse con el vértigo.

Había nacido una nueva religión, no con templos, sino con frases bonitas y fondos pastel. Le decían 'energía'. Le decían 'fluir'. Le decían 'vibrar alto'.

Era el viejo miedo con lenguaje nuevo. El mismo impulso de huida, ahora disfrazado de equilibrio. El caos había sido domesticado por el marketing.

Todos citaban a Nietzsche, a Freud, a Jung, pero como quien cita a una canción que no ha escuchado completa. Se quedaban con la frase, no con la herida. Y así el pensamiento se volvió souvenir: algo que se compra, se presume y se olvida.

Vi a gente hablar de 'soltar' cuando nunca habían sostenido nada. De 'vivir el presente' sin haber mirado su pasado a los ojos. De 'autoconocimiento' sin atravesar el espejo. El dolor se volvió tabú, la duda, una mala vibra.

El verbo fue sustituido por 'energía'. Un concepto tan blando que sirve para todo y no explica nada. La palabra dejó de ser acto para convertirse en atmósfera. Ya nadie quería decir, solo sentirse bien.

"...El alma no vibra," me dijo Dionisio. "El alma tiembla."

Carta a Nietzsche desde el Cuarto Blanco

Querido Friedrich:

No sé si mataste a Dios o solo lo ascendiste al rango de influencer, pero te escribo desde el lugar donde tu profecía se cumplió...

Posdata (voz de Dionisio)

No elegí salvarte. Te elegí porque eras capaz de romperte sin disolverte. Porque tu ruina tenía ritmo...

Por eso sigues aquí. Porque aún tiembla en ti la frase que ningún filósofo soportó escribir: no hay verdad, solo intensidad.