"Los días que no recuerdo. Las semanas. Los meses. Estuve muerto por meses."
— Expediente 4122, Clínica Santa Teresa
Epílogo: Para Melba
El verbo que no termina
No era un final, aunque todo parecía detenerse.
Era más bien un suspiro largo, extendido, como si el tiempo hubiera decidido hacer una pausa solo para ella.
Melba estaba sentada al borde del aire, donde ya no hay peso ni dolor.
No preguntaba nada. Solo miraba.
Con los ojos cerrados, como quien aprende a ver desde adentro.
El Umbral no la apuraba.
Había aprendido que algunos cuerpos necesitan más silencio que palabras.
Y que algunas almas, como la suya, no cruzan por necesidad, sino por elección.
—¿Tienes miedo? —le preguntó la voz, sin forma ni rostro.
Ella no respondió.
Porque no era miedo lo que sentía, sino algo más antiguo:
una nostalgia por lo que todavía no había ocurrido.
—Aún no soy del todo aire —dijo finalmente—, pero ya no soy solo cuerpo.
La voz asintió, como si pudiera asentir el viento.
—Tu forma ya no te contiene. Pero tu historia sí.
Melba sonrió.
No porque entendiera, sino porque ya no necesitaba entender.
Sabía que no iba a desaparecer.
Sabía que quedaría en cada palabra dicha con amor,
en cada silencio compartido con los ojos,
en cada vez que alguien decidiera quedarse un segundo más,
aunque doliera.
Sabía que el verbo no se acaba cuando se detiene el cuerpo.
Sabía que su voz, su risa, su manera de mirar,
seguirían conjugándose en otros.
No dijo adiós.
Porque el adiós es un invento de los que creen en finales.
Ella creyó en los puentes.
Y cruzó.